TODAVÍA

Poemas breves de la Dama de las Algas

Dama de las Algas
Dama de las Algas

Dama de las Algas es un espacio de poesía inteligente, madura y emocional, creado para quienes buscan en las palabras algo más que una historia de amor. Aquí, el poema nace de la experiencia, de la memoria y de esas preguntas que permanecen cuando una relación termina, cuando el deseo cambia de nombre o cuando el silencio dice aquello que nunca supimos pronunciar.

En esta página de poesía encontrarás poemas de amor y desamor escritos desde una mirada íntima, reflexiva y profundamente humana. Son versos sobre encuentros y despedidas, sobre la pasión y la ausencia, sobre la ternura, la pérdida, el deseo, la soledad y la libertad de volver a elegirse. Una poesía contemporánea que no pretende ofrecer respuestas fáciles, sino abrir espacios para sentir, pensar y reconocerse.

Dama de las Algas busca una poesía con inteligencia emocional, sensibilidad y lenguaje propio. Poemas maduros para lectores que han amado, perdido, esperado, cambiado y aprendido que el corazón también tiene memoria. Cada texto explora las contradicciones del amor adulto: lo que permanece después de la distancia, lo que duele sin hacer ruido, lo que se transforma con los años y aquello que, pese a todo, todavía ilumina.

Si buscas poemas de amor para leer despacio, poesía de desamor con profundidad, versos sobre relaciones, deseo, ausencia y memoria, este es un lugar para detenerse. Aquí las palabras no adornan el sentimiento: lo atraviesan.

Dama de las Algas reúne poesía para quienes saben que amar no siempre significa quedarse, que despedirse no siempre significa olvidar y que algunas historias continúan viviendo en nosotros, convertidas en lenguaje.

Un rincón literario para leer sin prisa, sentir sin máscaras y encontrar, entre las algas de la memoria, alguna verdad que todavía respira.

Dama de las Algas
Dama de las Algas

Todavía Poemas del alma Dama de las Algas

LA INTELIGENCIA DE LA NOSTALGIA
Desamor, memoria y madrugada

I. LA LUNA A LAS TRES

A las tres la luna parece más cerca,
como si supiera algo
que nosotros no.

La ciudad duerme
y en ese silencio
los recuerdos recuperan la voz.

Pienso en ti sin pedirte nada,
como quien mira una ventana encendida:
con ternura por lo que fue
y la paz extraña
de no saber qué habría sido.

II. EL PERFUME DE TU RECUERDO

Hay perfumes que conocen caminos
que la memoria había olvidado.

Una flor puede devolver una tarde
con una precisión casi cruel.

Ya no recuerdo todos tus gestos,
pero sí cómo era estar contigo.

Quizá el cuerpo conserva
lo que la razón
dio por innecesario.

III. CARTA A LA MADRUGADA

Madrugada,
no me traigas su nombre
si vienes a cobrarme viejas nostalgias.

Ya pagué bastante
por las noches en que confundía
espera con esperanza.

Déjame solo tu silencio,
el que ni promete ni pregunta.

A veces la compañía más honesta
es una habitación
donde nadie regresa.

IV. LO QUE APRENDÍ DE TUS MANOS

Tus manos me enseñaron algo sencillo:
la cercanía también tiene memoria.

Hay gestos pequeños que, sin saberlo,
se vuelven patrimonio de los años.

Después comprendí su otra lección:
ninguna mano pertenece a otra mano.

Querer a alguien
también es respetar
el espacio que guarda para sí.

V. LA FOTOGRAFÍA

Encontré una fotografía antigua
y me sorprendió cómo nos mirábamos.
Éramos felices
sin saber todavía
lo que la vida iba a enseñarnos.

No la rompí.
Tampoco la puse donde pudiera verla siempre.

Hay recuerdos que no necesitan altar,
solo un lugar discreto
en la casa del tiempo.

VI. UNA FLOR EN EL LIBRO

Entre las páginas apareció una flor seca,
delgada como una antigua conversación.

Alguna vez tuvo color y perfume;
ahora solo conserva su forma.

La dejé donde estaba.

Me pareció una manera digna de querer:
no devolverle la primavera a la fuerza
a lo que ya cumplió su estación.

VII. LO QUE NO DIJIMOS

Hay silencios que fueron cobardía
y otros que fueron cuidado.

No todo lo que callamos fue un error,
ni toda verdad necesita ser dicha.

A veces amar fue eso:
saber que una palabra podía herir
y elegir, por una vez,
no tener la última.

VIII. TU VOZ EN OTRA PERSONA

Escuché tu manera de reír
en alguien que no tenía nada que ver contigo.

Por un instante
el pasado cruzó la habitación
y volvió a marcharse sin despedirse.

Me hizo pensar en algo extraño:
no siempre extrañamos a las personas;
a veces extrañamos
una versión de nosotros
que solo existía a su lado.

IX. LA NOCHE NO MIENTE

Durante el día todo parece sencillo:
trabajo, calles, conversaciones, obligaciones.

Pero llega la noche
y se desprenden
las pequeñas mentiras con las que nos protegemos.

Por eso algunas madrugadas duelen:
no porque estemos peor,
sino porque ya no hay ruido suficiente
para distraernos de lo que sabemos.

X. EL ÚLTIMO DOMINGO

Recuerdo aquel domingo sin importancia:
el café enfriándose sobre la mesa,
una canción sonando en otra habitación,
nosotros hablando de cualquier cosa.

Ahora sé que la felicidad
rara vez reconoce el momento en que ocurre.

Quizá por eso la memoria guarda con tanta precisión
lo que entonces parecía insignificante.

XI. EL LADO AMARGO

El desamor tiene una parte amarga
que nadie cuenta cuando habla de querer:
descubrir que conocer profundamente a alguien
no garantiza saber permanecer a su lado.

Nos conocimos lo bastante para querernos
y no lo suficiente para salvarnos.

Hay verdades que solo aparecen
cuando ya no queda nada que defender.

XII. UNA CIUDAD DESPIERTA

La ciudad comienza a despertar
mientras yo regreso de la madrugada:
panaderías, autobuses, ventanas abiertas,
gente que jamás sabrá nuestra historia.

Y me gusta esa indiferencia del mundo.
Me recuerda que ningún dolor
es el centro del universo.

La vida continúa alrededor
y también nosotros
aprendemos a continuar dentro de ella.

XIII. TU LUGAR EN MÍ

No sé qué lugar ocupas ahora.
Ya no eres presente,
pero tampoco desconocida.

Eres una parte de mi historia
que cambió de habitación con los años.

Quizá algunas personas no desaparecen:
dejan de vivir en nuestras manos
y pasan a vivir en nuestra manera
de comprender ciertas cosas.

XIV. CUANDO LLEGÓ EL INVIERNO

Llegó el invierno sin pedir explicaciones,
como llegan todas las estaciones.

Lo que parecía permanente
comenzó a perder lentamente sus hojas.

Entonces entendí
que la naturaleza no llama fracaso
a cambiar de forma.

Tal vez sufrimos más nosotros
porque queremos llamar eternidad
a todo lo que amamos.

XV. EL MENSAJE QUE NO ENVIÉ

Escribí tu nombre en la pantalla
y después apagué el teléfono.

No por orgullo ni por indiferencia,
sino porque algunas puertas
se cierran en silencio.

Había cosas que todavía podía decirte,
pero ya no necesitaba que las escucharas.

Hay palabras
cuya verdadera función
es ayudarnos a comprenderlas nosotros.

XVI. LA HORA AZUL

Antes de amanecer existe una hora
en la que la noche pierde su dominio.
Todo queda suspendido
entre lo que termina y lo que comienza.

Me gusta pensar que algunos finales son así:
no una puerta cerrándose,
sino una luz cambiando lentamente
sobre las mismas cosas.

XVII. EL SONIDO DE LA LLUVIA

La lluvia golpeaba los cristales
y por un momento recordé tu espalda,
aquella manera tuya de quedarte dormida
mientras afuera todo parecía más frío.

No fue tristeza.
Fue algo más delicado y extraño:
la certeza de que una vida compartida
puede caber entera dentro de un sonido.

XVIII. LO QUE EL TIEMPO NO EXPLICA

El tiempo responde algunas preguntas
y deja otras abiertas, con cuidado.

Todavía no sé por qué nos encontramos
si no íbamos a permanecer.

Pero ya no necesito resolverlo.
Hay acontecimientos que no son acertijos:
suceden, nos transforman
y continúan su camino
fuera de nosotros.

XIX. ANTES DE QUE AMANEZCA

Hay una belleza particular
en quedarse despierto antes del amanecer:
uno escucha sus propios pensamientos
sin la protección de la luz.

Esta noche pensé en nosotros
y por primera vez no busqué una conclusión.

Dejé que el recuerdo fuera recuerdo,
sin obligarlo
a convertirse en enseñanza.

XX. DESPUÉS DE LA LUNA

La luna se fue retirando
mientras aparecía el primer azul del día.

Tu recuerdo también perdió intensidad
sin necesidad de desaparecer.

Y quizá esa sea la forma más humana
de despedirse de alguien:
no arrancarlo de la memoria,
sino dejar que ocupe su lugar natural
entre todo aquello
que alguna vez amamos.

Dama de las Algas
Dama de las Algas

El mar despues de ti

Lo que queda del mar

I

Hay días en los que camino junto al mar
y siento que todavía queda algo de nosotros
entre la espuma.

No porque crea que vayas a volver,
ni porque espere encontrar
tu nombre escrito en la arena.

Es otra cosa.
Una sensación antigua, casi invisible,
como cuando una canción empieza a sonar en una habitación
y durante unos segundos
no recuerdas de dónde la conoces.

Entonces miro el agua,
dejo que el viento me pase por la cara
y pienso que quizá el amor también sea eso:
algo que un día estuvo tan cerca
que después de irse
todavía tarda mucho en dejar de sentirse.

II

Durante mucho tiempo pensé
que el mar sabía guardar secretos.
Por eso venía hasta aquí
cuando te echaba de menos.

Me sentaba frente a las olas
y dejaba que el ruido llenara
todo aquello que no sabía decirte.

Ahora sé que el mar no guarda nada.
Lo devuelve todo transformado:
las conchas, la madera,
las cosas que alguien perdió sin querer.

Quizá conmigo hizo lo mismo.
Me devolvió, después de muchos inviernos,
una versión de mí que había dejado contigo
y que ya no estaba dispuesta
a seguir esperando.

III

Te fuiste en una época
en la que todavía hacía calor,
y yo pensé que el verano
tendría la culpa de todo.

Después llegaron septiembre,
las primeras tardes más cortas,
el olor de la lluvia sobre las calles
y aquel frío pequeño
que empieza a entrar por las ventanas.

Fue entonces cuando comprendí
que no eras tú quien seguía faltando.
Era yo quien todavía estaba
viviendo en el día de tu partida.

El mundo había avanzado
y yo seguía mirando hacia atrás,
como si volver la cabeza
pudiera cambiar el lugar
en el que habíamos dejado nuestra historia.

IV

Hay tardes de otoño
en las que el mar parece más lejos.
Quizá sea la luz,
quizá el cielo bajo,
quizá esa manera que tienen las hojas
de caer sin pedirle permiso a nadie.

Me gusta venir entonces,
cuando hace frío
y casi no hay nadie.

Antes necesitaba que estuvieras
para sentir que un lugar era mío.
Ahora me basta con sentarme frente al agua
y escucharla.

A veces pienso que eso es lo que queda
cuando uno ha querido de verdad:
no una promesa,
no una fotografía,
no siquiera una esperanza.

Queda la capacidad de estar solo frente al mundo
y no sentir que falta alguien.

V

El tiempo no te borró.
Me parece injusto decirlo así.

Hay personas que no desaparecen,
aunque dejen de formar parte de nuestra vida.
Lo que hace el tiempo
es cambiarles el sitio.

Al principio estabas en todas partes.
Después, solo en las canciones.
Más tarde, en determinadas calles,
en algunas tardes de lluvia,
en el olor del café
cuando amanecía demasiado pronto.

Ahora apareces de vez en cuando,
sin avisar,
y ya no siento la necesidad
de detener lo que estoy haciendo.

Te recuerdo y continúo.
Quizá eso sea lo más parecido a olvidar
que he conocido.

VI

Una mañana de noviembre
volví a la playa donde tantas veces te esperé.
No había nadie.

El cielo estaba gris
y el mar tenía ese color oscuro
que parece guardar una tormenta
aunque no llegue nunca.

Me quedé allí bastante tiempo,
con las manos metidas en los bolsillos,
pensando en todas las cosas
que imaginé que algún día ocurrirían.

Algunas ocurrieron.
Otras no.
Y por primera vez
ninguna de ellas me pareció importante.

Sentí una tristeza tranquila,
de esas que ya no quieren arreglar nada.

Después me fui.
No fue una despedida.
Fue simplemente la primera vez
que estuve allí
sin esperar que aparecieras.

VII

Me sorprendió descubrir
que también se puede echar de menos
sin querer volver.

Durante mucho tiempo confundí ambas cosas.
Pensaba que si todavía recordaba tu voz,
si alguna tarde me dolía tu ausencia,
significaba que había algo pendiente entre nosotros.

Ahora sé que no.
Hay recuerdos que permanecen
porque fueron verdaderos,
no porque deban repetirse.

Puedo extrañar aquel verano,
aquella casa,
aquellas horas frente al mar
y hasta la persona que yo era contigo.

Puedo extrañarlo todo
y, aun así,
saber que no quiero regresar.

VIII

El otoño tiene una manera extraña
de decir la verdad.

No intenta convencer a los árboles
de que todavía es verano.
No retrasa la caída de las hojas
para que nadie tenga que despedirse.
Simplemente cambia la luz
y deja que cada cosa encuentre su momento.

Quizá nosotros también tuvimos nuestro momento
y no supimos reconocerlo.

Quizá seguimos llamando amor
a aquello que ya era costumbre
porque nos daba miedo aceptar
que algunas historias
no terminan por falta de amor,
sino porque el tiempo
las lleva hacia otro lugar.

IX

A veces me pregunto
cuánto de ti queda en mí.
No encuentro una respuesta clara.

Hay cosas que aprendí contigo
y que todavía conservo.
Hay otras que tuve que desaprender
para poder seguir adelante.
Pero ya no intento separar unas de otras.

Fuiste una parte de mi vida,
y eso no necesita ser convertido en una herida
para tener un final.

Cuando camino junto al mar
y recuerdo aquellos días,
no pienso que me equivoqué al quererte.

Pienso que hubo un tiempo
en el que dos personas se encontraron,
se hicieron felices durante un tramo del camino
y después dejaron de saber cómo seguir juntas.

También eso es una historia.

X

Hay noches en las que el mar
golpea con fuerza contra las rocas
y me recuerda a nosotros.

No por las peleas ni por el ruido,
sino por esa insistencia absurda
de querer llegar siempre al mismo sitio.
Una y otra vez.
Como si volver a intentarlo
pudiera cambiar la forma de la piedra.

Nosotros hicimos algo parecido
durante demasiado tiempo.
Volvíamos a las mismas conversaciones,
a las mismas heridas,
a las mismas promesas.

Hasta que un día comprendí
que amar no podía consistir
en golpearnos contra el mismo lugar
esperando que alguno de los dos
terminara por desaparecer.

XI

Hace años habría querido
que el tiempo te hiciera volver.
Ahora le agradezco que no lo haya hecho.

Porque mientras yo esperaba
que cambiara algo fuera de mí,
el tiempo estaba haciendo otra cosa:
estaba cambiándome por dentro.

Me enseñó a pasar por lugares que habíamos compartido
sin sentir que te pertenecían.
Me enseñó a escuchar nuestras canciones
sin buscarte en ellas.
Me enseñó que una persona
puede formar parte de tu historia
sin seguir teniendo derecho
a formar parte de tus días.

Y eso, aunque tardé mucho en entenderlo,
también es una forma de libertad.

XII

Quizá algún día vuelva a ser verano
y vuelva a caminar por aquella playa
con alguien que no tenga nada que ver contigo.

Quizá entonces recuerde
que una vez estuve allí esperándote
y me parezca increíble
la cantidad de vida
que puede caber entre dos veranos.

No quiero borrar aquel tiempo.
No quiero fingir que no me dolió.

Solo quiero poder mirarlo desde lejos,
como se mira el mar
cuando uno está en lo alto de un acantilado:
sabiendo que sigue siendo hermoso,
sabiendo que estuvo cerca,
pero sin sentir la necesidad
de volver a entrar en sus aguas.

XIII

Hay una tristeza que llega
cuando por fin dejas de esperar.
No es grande ni dramática.

Se parece más a una habitación
después de que alguien se marcha:
queda todo en su sitio,
pero falta una presencia
que antes llenaba el aire.

Yo tardé mucho en acostumbrarme a ese silencio.
Ahora incluso le encuentro algo hermoso.
En él caben mis propios pensamientos,
mis mañanas,
mis planes,
las cosas pequeñas
que antes dejaba para después.

Y cuando llega el otoño
y el mar se vuelve gris,
ya no siento que el mundo
se haya quedado sin color.
Simplemente entiendo
que hay colores
que también saben vivir sin nosotros.

XIV

No sé exactamente cuándo
dejé de quererte de aquella manera.
No hubo una mañana distinta
ni una fecha que pudiera señalar en el calendario.

Supongo que fue ocurriendo despacio,
mientras yo aprendía a dormir sin esperarte,
a hacer planes
sin imaginar si estarías en ellos,
a mirar el teléfono
sin buscar tu nombre.

Tal vez el amor no siempre termina con una despedida.
A veces se va retirando como la marea,
casi sin que uno lo note,
hasta que un día mira hacia atrás
y descubre que ya no hay agua
donde antes lo cubría todo.

XV

Este otoño he vuelto a mirar las hojas caer
y he pensado en ti sin tristeza.
Me ha parecido extraño.

Durante mucho tiempo creí
que sanar significaba llegar a un día
en el que ya no recordara nada.
Ahora sé que no.

Sanar quizá sea
poder recordar sin volver a abrir la puerta.
Poder reconocer que alguien nos hizo felices
y también nos hizo daño.
Poder agradecer lo bueno
sin justificar lo malo.
Poder mirar el mar donde una vez fuimos dos
y aceptar que hoy solo estoy yo.

Y que, por primera vez,
eso no me parece poco.

Dama de las Algas
Dama de las Algas

Poemas de la orilla

I

Volví al mar
sin esperarte.

Eso fue todo.

Pero aquella tarde
entendí que algunas despedidas
no necesitan ocurrir de nuevo
para terminar.

II

El mar seguía ahí.

Las mismas piedras,
la misma espuma,
la misma tarde cayendo despacio.

Solo faltaba yo,
el que todavía creía
que ibas a volver.

III

No te borró el tiempo.

Te fue dejando lejos.

Primero de mis días,
después de mis noches,
y finalmente
de ese lugar donde todavía
te esperaba sin saberlo.

IV

Octubre llegó
y ya no dolías igual.

Había hojas en el suelo,
frío en las ventanas
y una taza sola sobre la mesa.

Por primera vez
tu ausencia
no parecía tener prisa.

V

A veces te recuerdo
cuando el mar está gris.

No porque te parezcas al invierno,
sino porque hubo un tiempo
en que mirábamos el mismo horizonte
sin saber que un día
lo miraríamos por separado.

VI

No sé cuándo dejé de esperarte.

Quizá fue una mañana
en la que no miré el teléfono.

O aquella tarde
en que pasé por nuestra calle
y no sentí la necesidad
de detenerme.

No fue un día.

Fueron muchos.

VII

Hay recuerdos
que no quieren volver.

Solo quieren quedarse
un poco más
en el lugar donde fueron felices.

El nuestro
vive todavía frente al mar.

Yo ya no.

VIII

Te extraño a veces.

Pero ya no como antes.

Ahora es algo pequeño,
una sombra que pasa
por una tarde de otoño
y sigue caminando
sin pedirme que la siga.

IX

La última vez que te vi
no sabía que era la última.

Por eso ahora desconfío
de las despedidas.

Quizá las más importantes
ocurren mientras hablamos
de cualquier cosa
y todavía creemos
que habrá otro día.

X

El otoño no pregunta
por qué caen las hojas.

Las deja ir.

Yo tardé mucho más.

XI

Hubo un tiempo
en que un día sin ti
parecía demasiado largo.

Ahora miro hacia atrás
y me sorprende
que hayan pasado tantos años
sin que ninguno de los dos
se diera cuenta.

XII

No quiero volver.

Pero a veces
echo de menos
la persona que era
cuando todavía podía hacerlo.

También de eso
tuve que despedirme.

XIII

El mar no se llevó tu recuerdo.

Nunca hizo falta.

Aprendí a vivir con él
como se vive con una cicatriz:

sin tocarla,
sin esconderla,
sin volver a la herida.

XIV

Esta tarde
las hojas golpean la ventana.

Pienso en ti.

No me duele.

Y durante un instante
me parece extraño
haber esperado tanto
para llegar hasta aquí.

XV

Quizá el amor
no termina cuando deja de sentirse.

Quizá termina
cuando uno deja de esperar
que vuelva a ser
lo que fue.

XVI

Me senté frente al mar
y no pensé en nosotros.

Miré las olas.

El cielo.

La tarde.

Y por primera vez
aquello también era mío.

XVII

Ya no sé
qué haces cuando llega octubre.

Antes necesitaba saberlo.

Ahora me gusta
que haya cosas de ti
que ya no me pertenecen.

XVIII

Nos fuimos perdiendo
sin darnos cuenta.

Un domingo.

Una canción.

Una conversación menos.

Hasta que un día
solo quedó la costumbre
de recordar.

XIX

Si alguna vez vuelvo
a aquella playa,

no será para buscarte.

Será para recordar
que hubo una época
en la que te esperaba allí

y otra, mucho más tarde,
en la que aprendí
a irme solo.

XX

Hay noches
en que el mar golpea las piedras
con la misma insistencia
con la que nosotros
intentamos salvarnos.

Ahora lo escucho
y pienso que quizá
hay cosas que no se rompen
de repente.

Solo dejan de volver.

Dama de las Algas
Dama de las Algas

Desamor, mar y tiempo

Durante un tiempo pensé que el mar podía devolverme lo que había perdido. Después entendí que el mar solo devuelve cosas que ya no sabe guardar.

Volví a aquella playa años después. El lugar seguía allí. La persona que yo era cuando te esperaba, no.

Hay algo honesto en el mar: nunca promete quedarse quieto para que uno pueda entenderlo.

Antes miraba el horizonte buscando tu regreso. Ahora lo miro porque me gusta no saber qué hay después.

Tu ausencia no hizo más grande el mar. Hizo más pequeña mi necesidad de encontrarte al otro lado.

Algunas tardes camino junto al agua y recuerdo nuestras conversaciones. No las palabras. La manera en que todavía creíamos que el tiempo estaba de nuestra parte.

La última vez que estuvimos juntos frente al mar ninguno sabía que estaba mirando una despedida.

Me gusta pensar que la marea no borra nuestras huellas por crueldad. Simplemente no sabe cuánto significaron para nosotros.

Hay días en que el mar parece una memoria enorme: hermoso, cambiante y completamente incapaz de devolver el pasado.

Ya no voy a la playa para recordarte. Voy porque, después de tanto tiempo, aprendí a estar allí sin necesitar que aparezcas.

El tiempo

El tiempo no hizo que te quisiera menos. Hizo que dejara de construir mi vida alrededor de lo que sentía por ti.

Pasaron los años y tu nombre perdió peso. No desapareció; dejó de inclinar la balanza.

Creí que algún día despertaría sin recordarte. No ocurrió. Ocurrió algo más sencillo: desperté y ya no me importó hacerlo.

El tiempo tiene una forma extraña de curar: no devuelve lo perdido, pero cambia el tamaño de la ausencia.

Hubo un momento en que contaba los meses desde que te fuiste. Luego dejé de contarlos. No sé exactamente cuándo ocurrió mi despedida definitiva.

Años después comprendí que no había estado esperando que volvieras. Había estado esperando convertirme en alguien a quien tu regreso ya no le hiciera falta.

No fue el tiempo quien nos separó. Fue todo aquello que dejamos sin resolver mientras todavía teníamos tiempo.

Hay recuerdos que envejecen con nosotros. Ya no duelen como antes, pero tampoco aceptan que los llamemos mentira.

El calendario siguió haciendo su trabajo después de ti. Yo tardé un poco más en hacer el mío.

Qué extraño: hubo una época en que un día sin ti parecía demasiado largo. Ahora algunos años caben en un recuerdo.

Octubre

Octubre llegó con sus árboles cansados y me encontró cansado de esperarte.

Fue en otoño cuando comprendí que no todas las cosas que caen necesitan que alguien las recoja.

Las hojas empezaron a cubrir las aceras y pensé que quizá la memoria también sabe hacer eso: cubrir sin borrar.

Aquel octubre tenía tu ausencia en todas partes, aunque nadie más pudiera verla.

El otoño nunca me pareció triste hasta que aprendí que algunas despedidas también cambian de color antes de desaparecer.

Había hojas en el suelo, frío en las ventanas y una taza vacía frente a mí. Por primera vez, tu ausencia no parecía una emergencia.

Noviembre llegó sin ti y, contra todo pronóstico, no ocurrió nada terrible. El mundo siguió encendiendo sus luces al anochecer.

Me gustaba el otoño antes de conocerte. Después dejé de hacerlo durante unos años. Ahora vuelve a gustarme, y esa pequeña recuperación me parece importante.

Quizá por eso me gusta octubre: porque no finge que perder también puede ser una forma de empezar.

Las hojas no saben cuánto tiempo han pertenecido al árbol. Simplemente caen cuando llega el momento. Nosotros tardamos demasiado en entender algo tan sencillo.

Lo que queda

No quiero recuperar lo que fuimos. Hay cosas que solo son hermosas mientras suceden.

Te llevaste algunos años, algunas canciones y una manera concreta de mirar el mar. El resto conseguí recuperarlo.

No todo lo que permanece merece ser conservado. A veces un recuerdo dura precisamente porque no volvimos a tocarlo.

Lo nuestro no sobrevivió al tiempo, pero tampoco fue mentira. Hay verdades que tienen fecha de caducidad.

Me quedé con nuestras mejores tardes y también con aquellas en las que aprendí que el amor no siempre sabe cuidar aquello que ama.

No necesito convertirte en alguien malo para justificar que me fui.

Hay una forma de despedirse que no consiste en cerrar una puerta, sino en dejar de mirar si alguien vuelve a abrirla.

No te perdí de una vez. Fuiste desapareciendo de pequeñas cosas: de mis planes, de mis preguntas, de mis domingos.

Quizá el verdadero final llegó mucho antes de que nos dijéramos adiós. Solo tardamos en ponerle fecha.

Quizá el verdadero final llegó mucho antes de que nos dijéramos adiós. Solo tardamos en ponerle fecha.

Después de nosotros

Un día descubrí que podía caminar junto al mar sin imaginar cómo sería hacerlo contigo. Me pareció una noticia pequeña. No lo era.

Volví a escuchar aquella canción y no sentí tristeza. Sentí una especie de gratitud cansada. También eso fue sanar.

Ya no sé qué haces cuando llega octubre. Antes me importaba. Ahora me gusta no saberlo.

La vida siguió creciendo en lugares donde yo solo veía ruinas.

Comprendí que estar bien no era dejar de recordarte. Era poder recordarte sin abandonar el presente.

Durante mucho tiempo pensé que superar un amor consistía en encontrar otro. Después descubrí que también existe la posibilidad de encontrar una vida.

Hay mañanas en las que todavía apareces en algún rincón de la memoria. Pero ya no te quedas a desayunar.

No hubo un día exacto en que dejé de quererte. Hubo muchos días pequeños en los que fui queriéndome un poco más.

El mar seguía siendo el mismo cuando regresé. Yo no. Y por una vez, el cambio no me dio miedo.

A veces pienso que nuestra historia terminó como terminan las estaciones: no porque alguien decida exactamente el día, sino porque llega un momento en que el aire ya es otro.

Sin regreso

Si alguna vez vuelves a aquella playa, quizá recuerdes mi nombre. Yo recordaré que allí aprendí a dejar de esperarte.

No quiero otra oportunidad con nosotros. Quiero aprovechar la que me dio la vida después de nosotros.

Ya no necesito que el tiempo demuestre que hice bien en marcharme. Me basta con la paz que llegó después.

No me gustaría encontrarte para saber qué habría pasado. Prefiero no interrumpir la vida que conseguimos lejos el uno del otro.

El mar sigue teniendo sus mareas y yo las mías. La diferencia es que ahora sé reconocer cuándo debo retirarme.

No todo amor merece una segunda parte. Algunos merecen solamente una buena memoria.

Quizá algún día vuelva a aquella casa frente al mar. Si ocurre, espero que no sea para buscarte en ninguna habitación.

Hay despedidas que tardan años en terminar porque uno sigue conversando con alguien que ya no está.

La última conversación contigo ocurrió mucho después de que te fueras. Fue dentro de mí. Te dije que ya podías irte. Y esta vez obedecí.

Ahora entiendo algo que entonces no sabía: no necesitaba que el mar se llevara tu recuerdo. Necesitaba aprender a vivir con él sin volver a él.

Dama de las Algas
Dama de las Algas

DESAMOR, voces y matices

La serena

Ya no me duele que te hayas ido. Me dolió descubrir cuánto tiempo llevaba yo ausente mientras seguía a tu lado.

No necesito borrar lo vivido para seguir adelante. Hay recuerdos que pueden quedarse sin seguir teniendo casa.

Te quise. No salió bien. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Hay finales que no necesitan valentía, solo dejar de discutir con lo inevitable.

No me fui enfadado. Me fui cansado de explicarme.

La vulnerable

A veces todavía quisiera contarte algo y, durante un segundo, olvido que ya no somos ese lugar al que se vuelve.

He aprendido a vivir sin ti, pero hay días en que esa frase me cuesta más que otros.

No te extraño todo el tiempo. Quizá por eso sé que ya estoy saliendo de ti.

Algunas noches no quiero volver contigo; solo quisiera volver a ser quien era antes de perderte.

Me acostumbré tanto a esperarte que ahora tengo que enseñarle a mi corazón que también existe la calma.

La orgullosa

No voy a pedirte que vuelvas a un lugar que solo supiste valorar cuando empezaste a perderlo.

No necesito que lamentes haberme perdido. Me basta con no volver a perderme yo.

Puedes recordarme como quieras. Yo ya no necesito ocupar ningún lugar en tu memoria.

No me debes una última oportunidad. Yo me debo una primera vida sin esperarte.

No cerré la puerta para que llamaras. La cerré porque ya no quería vivir mirando hacia ella.

La amarga, sin rencor

Lo peor no fue que me mintieras. Fue que durante un tiempo yo necesitara creer tus mentiras.

No eras el amor de mi vida. Eras el amor al que más tiempo tardé en dejar.

No me hiciste daño una sola vez. Me lo hice yo cada vez que llamé paciencia a lo que ya era renuncia.

Hay personas que no rompen tu corazón; simplemente te enseñan que lo estabas dejando en manos equivocadas.

No me arrepiento de haberte querido. Sí de haber confundido aguantar contigo con amar contigo.

La cotidiana

Un día dejé de mirar el móvil para ver si habías escrito. Ni siquiera me di cuenta de cuándo ocurrió.

Tu taza sigue en el armario y ya no significa nada. Supongo que así empiezan algunas despedidas.

La primera compra que hice pensando solo en mí fue una tontería. Pero me hizo sentir libre.

Antes pasaba por aquella calle para recordarte. Ahora paso porque me queda de camino.

Lo raro no fue acostumbrarme a dormir sin ti. Fue descubrir que dormía mejor.

La irónica

No funcionamos. Al menos una cosa hicimos bien: comprobarlo durante suficiente tiempo.

Te deseo lo mejor, pero a ser posible lejos de mi calendario.

Éramos compatibles en muchas cosas, especialmente en equivocarnos el uno con el otro.

No guardo rencor. Tengo mejores aficiones.

Si algún día volvemos a encontrarnos, espero que tengamos la educación de no repetirnos.

La nostálgica

Hubo una versión de nosotros que fue hermosa. No necesito convertirla en mentira porque haya terminado.

A veces recuerdo tu risa y me sorprende que algo que ya no me pertenece pueda seguir sonando tan cerca.

Fuimos felices de una manera que entonces parecía pequeña y ahora parece irrepetible.

No extraño nuestra historia entera. Extraño algunos domingos dentro de ella.

Qué extraño querer conservar un recuerdo precisamente porque ya no quieres recuperar a la persona.

La lúcida

No todo lo que se rompe debe repararse. Algunas cosas, una vez rotas, nos muestran que estaban mal construidas.

El amor no siempre se acaba cuando desaparece el sentimiento. A veces acaba cuando desaparece la reciprocidad.

Comprender por qué alguien te hizo daño no convierte el daño en algo que debas seguir soportando.

Perdonarte no significa darte acceso otra vez a mi vida.

La madurez no fue dejar de quererte. Fue dejar de utilizar ese amor como argumento para quedarme.

La tierna

Ojalá la vida te trate con la delicadeza que nosotros no supimos tenernos.

No quiero que te vaya mal. Fuiste importante para mí, incluso cuando dejamos de hacernos bien.

Me quedo con las veces que nos cuidamos, aunque no hayan sido suficientes para salvarnos.

Hay personas a las que uno deja ir con tristeza y gratitud a la vez.

Te quise con lo que sabía entonces. Hoy sé cosas que antes no sabía.

La oscura

Después de ti aprendí que también se puede sentir frío dentro de una casa llena de alguien.

Hay ausencias que llegan mucho antes de que alguien se marche.

Durante meses no lloré por perderte. Lloré por haber tardado tanto en darme cuenta.

Algunas relaciones no terminan cuando se acaba el amor, sino cuando la esperanza deja de tener dónde apoyarse.

Hay una clase de silencio que aparece cuando ya no esperas ninguna explicación.

La que todavía duda

Sé que hice bien en irme. Lo difícil es que una parte de mí todavía quisiera que no hubiera sido necesario.

No quiero volver, pero a veces echo de menos la posibilidad de que hubiéramos sido distintos.

Te he superado en muchas cosas. En algunas todavía estoy aprendiendo.

No sé si te perdoné o simplemente dejé de necesitar que pagaras por lo que pasó.

Quizá algún día deje de preguntarme si pudimos salvarnos. Hoy todavía no.

La de después

Ya no construyo mi futuro alrededor de quien podría volver.

Estoy aprendiendo algo nuevo: que la tranquilidad también puede parecerse al amor.

No me convertí en alguien más fuerte. Me convertí en alguien que ya no negocia consigo mismo para ser querido.

Después de ti no encontré inmediatamente a alguien mejor. Me encontré a mí, que era bastante más urgente.

La vida no empezó cuando te olvidé. Empezó cuando dejé de organizarla alrededor de tu ausencia.

La más seca

Se acabó. No todo final necesita una versión más bonita.

Te quise. Te perdí. Me recuperé.

Ya no somos nada. Y, por fin, eso no significa que yo sea menos.

No funcionó. A veces esa es toda la explicación.

Fuiste importante. No eres imprescindible.

La paradójica

Te perdí cuando dejé de tener miedo a perderte.Para olvidarte tuve que dejar de intentar olvidarte.

Cuanto más te entendí, menos pude justificar que siguiera contigo.Me fui queriéndote y, precisamente por eso, tardé tanto en entender que debía irme.

Lo que más me costó de dejarte fue aceptar que todavía podía quererte y, aun así, elegir no volver.

Dama de las Algas
Dama de las Algas

Te echo de menos

Te echo de menos,
cómo quieres que te lo diga,
te echo de menos.

Huyes de la palabra,
y no paro de recordar
las palabras que digo
repitiendo.

He dejado de soñar,
y los sueños están en una órbita
que no encuentra
salida alguna.

Estoy sola ante el mundo,
ya sabes,
en la tierra de manzanas.

No lo vuelvo a repetir,
pues es hundirme más aún
que lo que me hicieron.

Ya solo los recuerdos
me mantienen de pie,
sin esperar abrir la puerta
para ver tu rostro.

Me callo ante el mundo
que intenta
que mis recuerdos se olviden,

y doy las gracias al Señor
por todo lo vivido,

y ahora reconozco el vacío;

ya me tocaba ser infeliz,
y estar sola
es parecida a otra poesía,
pero con la diferencia
de estar en diferente esfera,

ahora oculta de miradas
y sumisa a la tristeza
que derrocho.

Ya no descorro el visillo
para ver mi monte,
sino que queda oculto
tras visillos
por los que no se aprecian los árboles,

y así, en una tarde a finales de septiembre,
cuando ya llegó el otoño,
me dispongo a pensar
en los días en Madrid,
cuando la alegría
inundaba mi casa,

ahora serena e inteligente,
madura por el paso de los años,
me veo sentada
frente a un ordenador,
escribiendo todo lo que no puedo

gritar a los cuatro vientos.

Desamor entre el mar , el viento y el otoño

El mar no se llevó tu recuerdo. Solo aprendió a traerlo de otra manera.

Hay tardes de otoño en las que el mar parece saber algo de nosotros que yo todavía no quiero entender.

Te fuiste en verano, pero fue el otoño quien me enseñó que algunas ausencias también tienen estaciones.

El tiempo no consiguió que dejara de quererte; consiguió algo más extraño: que ya no necesitara hacerlo.

Frente al mar comprendí que también las cosas que amamos pueden alejarnos sin dejar de existir.

Antes venía a la orilla para esperarte. Ahora vengo para escuchar cómo el agua deshace lo que queda de nosotros.

Octubre llegó sin pedir permiso, como llegan algunas verdades después de una despedida.

Hay nombres que el tiempo no borra. Los vuelve silenciosos.

El mar sigue llegando a la misma playa y, sin embargo, ninguna ola repite exactamente la anterior. Quizá nosotros tampoco supimos hacerlo.

Te recuerdo como se recuerda una tarde de otoño: con belleza, con frío y sabiendo que no va a quedarse.

Pasó el tiempo y descubrí que olvidar no era borrar tu nombre, sino dejar de pronunciarlo cuando nadie me escuchaba.

Este otoño no me duele que te hayas ido. Me duele que todavía haya lugares donde mi memoria te espera.

El mar tiene esa crueldad tranquila de devolver siempre algo a la orilla, aunque nunca sea aquello que uno estaba esperando.

Hay despedidas que se parecen al otoño: nadie escucha el instante exacto en que empieza a caer lo que ya no puede sostenerse.

Durante mucho tiempo pensé que el tiempo curaba. Ahora creo que simplemente nos enseña dónde colocar la herida.

A veces camino junto al mar y pienso que quizá eso fue lo nuestro: dos orillas demasiado cercanas para ignorarse y demasiado lejos para encontrarse.

El verano se llevó tus pasos de la arena. El otoño terminó de llevarse mi esperanza.

No sé en qué momento dejé de esperarte. Quizá fue una tarde de octubre, cuando comprendí que el mar no estaba esperando a nadie.

El tiempo hizo contigo lo que hace el agua con las piedras: no te borró, pero cambió la forma de recordarte.

Hay días en que el mar está tranquilo y, aun así, todo dentro de mí sigue teniendo oleaje.

Ya no busco tu rostro entre la gente. Pero algunas tardes, frente al mar, todavía busco la persona que era cuando tú estabas.

El otoño me enseñó que dejar caer no siempre significa perder; a veces significa dejar de sostener aquello que ya se había ido.

Nos quiso el verano con demasiada luz. Quizá por eso no vimos venir el invierno.

Qué extraño que una playa pueda conservar nuestras huellas durante unos minutos y yo haya tardado años en aprender a borrar las mías de ti.

El tiempo pasó por nosotros sin hacer ruido, como la marea cuando retrocede de noche.

Hay amores que no terminan con una puerta cerrándose, sino con una marea que cada vez tarda más en regresar.

En noviembre entendí algo que en agosto todavía me parecía imposible: también se puede echar de menos a alguien sin querer que vuelva.

El mar no pregunta por qué se van los barcos. Los deja marchar y continúa moviéndose. Estoy aprendiendo de él.

Aquel otoño dejé de contar los días desde que te fuiste. Fue entonces cuando comprendí que el tiempo, por fin, empezaba a ser mío otra vez.

Algunas hojas caen porque llega su momento. Algunas personas también. No siempre hay una tragedia detrás de una despedida.

Te quise mientras el mar cambiaba de color y los años cambiaban nuestras manos.

Ahora solo sé que el paisaje sigue siendo hermoso sin nosotros.Quizá el amor también tenga mareas: hay cosas que regresan, pero no necesariamente para quedarse.

Hoy el mar está gris. No por ti. Y esa pequeña diferencia me parece una forma de libertad.

El otoño no me devolvió lo que perdí. Me devolvió algo que había dejado de mirar: mi propia vida.

Hay recuerdos que son como conchas: los acercas al oído esperando escuchar el mar y solo escuchas aquello que todavía llevas dentro.

Ya no le pido al tiempo que te borre. Sería pedirle demasiado a alguien que bastante ha hecho llevándome hasta aquí.

El último día que te esperé hacía frío. No recuerdo la fecha, pero recuerdo perfectamente la sensación de entender que aquella espera había terminado.

Desde entonces, cada otoño me parece menos una despedida y más una manera de volver a mí.

Quizá no necesitábamos otro verano. Quizá necesitábamos haber sabido marcharnos antes de que llegara el otoño.

El mar permanece sin ser el mismo, y eso me consuela: quizá también nosotros podamos cambiar sin traicionar lo que fuimos.

Hay una tristeza especialmente adulta en mirar el mar y no pedirle que devuelva nada.

Años después, pasé por aquella playa y no sentí ganas de llorar. Solo pensé: aquí fui feliz contigo. Y seguí caminando.

El tiempo no nos convirtió en extraños. Nos convirtió en dos personas que recuerdan de manera diferente la misma historia.

Las hojas caen sin hacer preguntas. Ojalá algunas despedidas pudieran aprender de ellas.

Cuando te fuiste, pensé que el mar sería demasiado grande para mí. Ahora sé que era yo quien todavía no sabía cuánto podía crecer.

Quizá sanar sea esto: volver al mismo lugar, encontrar el mismo mar y descubrir que ya no estás esperando a nadie.