Descubre poemas de amor, vida y melancolía, escritos para sentir cada verso y conectar con emociones reales y auténticas.

Poesía Original y Contemporánea | Poemas de Amor y Vida
La poesía original y contemporánea nace aquí como un susurro que busca permanecer. Desde el primer verso, este espacio está hecho de palabras que no apresuran, de textos que se detienen a escuchar lo que el corazón calla. Así, cada poema explora el amor, la vida y la melancolía desde una mirada honesta, donde la emoción es siempre el punto de partida y la verdad, el destino.
Por un lado, los poemas de amor que habitan esta página no prometen eternidades perfectas; más bien, hablan del temblor, de la ausencia, del gesto mínimo que deja huella. Por otro, la vida aparece en sus fragmentos más frágiles y luminosos: el paso del tiempo, la memoria que insiste, el silencio que también dice. De este modo, la melancolía no es un final, sino un lugar desde el cual comprender lo vivido y nombrarlo con delicadeza.
En este sentido, la poesía contemporánea se escribe desde la sencillez del lenguaje y la profundidad del sentimiento. No obstante, no busca imponer significados, sino abrirlos. Así, cada verso invita al lector a reconocerse, a encontrar en las palabras ajenas una emoción propia. Por ello, son poemas para leerse despacio, para volver a ellos cuando el mundo pesa o cuando el alma necesita un refugio.
Finalmente, este espacio de poesía original es una casa hecha de palabras. Un lugar donde, al detenerse, el tiempo parece suspenderse y la lectura se convierte en un acto íntimo. Aquí, cada poema es una puerta abierta a la emoción, una forma de habitar el silencio y de sentir, verso a verso, aquello que a veces solo la poesía sabe decir.

Manual breve para no soltarnos
Aprendí tu nombre en silencio,
no porque faltaran palabras
sino porque el cuerpo entiende antes.
Mi piel lo repite cuando te acercas,
y el amor dejó de ser una idea
el día que supo cómo mirarte
sin pedir permiso.
No te nombro en voz alta.
Hay verdades que se quiebran
cuando se exponen demasiado.
Me acerco sin estrategia,
como quien aprende el fuego:
no para arder por completo,
sino para comprender el calor
y quedarse.
No busco promesas largas
ni futuros inflados de miedo.
Me basta hoy.
Porque el tiempo se vuelve humilde
cuando lo habita tu voz,
cuando el mundo pesa menos
si coincidimos en él,
como si la gravedad dudara
al vernos compartir el suelo.
Hay caminos que no llevan
a ningún lugar seguro,
y aun así los elijo.
Porque perderme en tu abrazo
siempre me devuelve al mundo,
me recuerda que no todo lo incierto
es un error.
No eres destino ni señal,
eres presencia que ocurre,
y eso desarma cualquier plan
que no contemple quedarse.
Te pienso sin darme cuenta,
como respira el corazón:
no por costumbre,
no por miedo,
sino por esa razón
que no necesita explicarse.
Tu ausencia no está vacía.
Tiene forma, pulso y sed.
Es un eco que recuerda
todo lo que aún puede ser.
Si te vas, no se apaga todo,
pero cambia la temperatura,
porque hay silencios que saben
exactamente a quién esperan.
No vine a salvarte
ni a huir cuando duela.
Solo a quedarme real.
Porque el amor que funciona
no promete eternidades,
no hace ruido,
no se jura invencible:
sabe estar.
Y quizá de eso se trate:
de dos personas eligiendo,
sin espectáculo,
sin garantías,
no soltarse hoy…
y que baste.


Bitácora de lo que no se detiene
Anoche el sueño me usó de escenario,
no dormía:
me atravesaban horas con dientes,
miradas que no piden permiso.
Aprendo de todos sin pedir lecciones,
de lo que cae,
de lo que insiste,
de lo que se va sin despedirse
y aun así deja eco.
Las palabras no se quedan quietas:
viajan sueltas,
se equivocan de boca,
arman constelaciones torcidas
solo para probar que existen.
Hay pudores colgados en los balcones
y descaros que marchan en fila,
algunos hipnotizan
porque rompen el gesto correcto
en el momento exacto.
El tiempo no negocia,
corre como si no supiera mi nombre.
Yo le lanzo frases verdaderas,
afiladas por la sal,
desde este barco sin bandera
que todavía escribe
aunque el mundo no espere.

Donde duermen los sueños
Te pienso en la bruma que deja la noche,
cuando el mundo se calla y sólo habla el alma,
y en el eco silente de un sueño que broche
la herida de ausencia que nunca se calma.
Añoro tu risa como el mar al río,
como el faro perdido extraña su luz,
te busco en la niebla, te invento en el frío,
te sueño en mis sueños, tan cerca… tan cruz.
Hay días que traen tu sombra en la lluvia,
y otros, que tu nombre se queda en mi voz,
y creo que vuelves, como una gavilla
que roza mi pecho y se eleva veloz.
He sembrado un jardín en cada esperanza,
con pétalos tibios de tu recordar,
pero el tiempo, ese viento, no da confianza,
y mis manos vacías no te saben hallar.
Aun así, cada noche te escribo en el viento,
con tinta de estrella y papel de ilusión,
y en cada suspiro te juro, en secreto,
que no hay despedida en mi corazón.

Polvo de niebla
Hoy te vi entre otros brazos
y cerré los ojos,
para no sentir la pena
que guardo en mi alma.
Sentí el vacío de mi mente
cuando llegaba a casa;
todo era efímero,
todo se deshacía en la nada.
Hoy te vi entre otros brazos,
apenas te rozaban,
era un abrazo sensible,
como aquel que soñé,
como el que tú me dabas.
No quise mirar al horizonte,
por si la lluvia de la mañana
rozara mi cara
y me hiciera fantasma
en volandas de una nube.
Soñé esa noche
que no era verdad,
que el humo me confundía
y cegaba mis ojos.
Soñé con la luz de la luna,
con la risa oportuna
que a veces escuchaba,
y sentí un frío abrasador,
ese que consume
y no deja respirar.
Me deslicé entre las sábanas
para que el nuevo día
me despierte con tu voz,
llamándome en la claridad
que todo lo consume,
y se hace polvo de niebla
que no clarea al pasear.
Ya es hora del final
de mi pensamiento.
Poemas de Amor y Vida

Dama de las Algas Poesía Original y Contemporánea Poemas de Amor y Vida
LA FORMA EN QUE ALGO TERMINA
LA FORMA EN QUE ALGO SE TERMINA
Aprendí tu nombre en silencio,
cuando el amor
todavía no necesitaba pruebas.
Mi piel lo entendía antes que yo
y quedarse
parecía natural.
No buscaba promesas largas.
Me bastaba el hoy,
ese lugar pequeño
donde el tiempo se vuelve humilde
si tu voz lo habita.
Pero incluso lo sencillo
puede cansarse
de sostenerse solo.
No me dolió que te fueras.
Me dolió que te quedaras
cuando ya no estabas.
Esa presencia sin intención,
esa forma de ausencia
que ocupa espacio
y confunde.
El amor no se rompió.
Solo dejó de fingir
que sabía quedarse.
A veces no se pierde nada:
solo se revela
lo que nunca aprendió a durar.
Te perdí sin perder nada,
porque lo que se va
casi siempre
ya había elegido irse.
Comprenderlo no dolió menos,
pero fue más honesto.
No fue falta de amor.
Fue exceso de silencio.
Palabras esperando turno,
miradas pidiendo traducción,
dos personas creyendo
que sentir
era suficiente.
Hubo caminos sin lugar seguro.
Los caminé igual.
A veces perderme en tu abrazo
me devolvía al mundo;
otras,
me alejaba de mí.
Te pensé sin darme cuenta,
como respira el corazón:
no por costumbre,
no por miedo,
sino por esa razón
que no sabe explicarse
hasta que duele.
Me solté de ti
el día que entendí
que esperar también cansa,
que amar no debería sentirse
como vigilar una puerta
que no vuelve a abrirse.
No te guardo rencor.
Te guardo distancia.
Que es la forma más sana
de recordar sin volver,
de aceptar sin reproches,
de seguir sin negarme.
Aprendí que no todo lo intenso
es verdadero,
y que no todo lo que duele
merece quedarse.
Hay fuegos que iluminan
y otros que solo enseñan
por dónde no volver.
Nos dijimos “para siempre”
como quien dice “tal vez”.
Sin peso.
Sin cuidado.
Y el tiempo,
que no discute con nadie,
hizo lo que sabe hacer.
No fue el final lo que dolió.
Fue darme cuenta
de que yo sí estaba.
Sosteniendo solo
lo que necesitaba dos voces
para ser real.
No me rompiste el corazón.
Me enseñaste a cargarlo solo,
a sentarlo conmigo
cuando el ruido se va
y explicarle, despacio,
que no todo lo que promete quedarse
sabe hacerlo.
Te fuiste sin irte del todo.
Dejaste tu ausencia
mal acomodada,
como un mueble que estorba
hasta que alguien
decide moverlo.
Ese alguien
fui yo.
Nos quisimos con miedo.
Por eso dolió tanto.
El amor valiente se habla.
El nuestro solo se pensaba.
Y el silencio terminó diciendo
todo lo que no supimos.
No vine a salvarte
ni a quedarme por costumbre.
Vine a ser real.
Y cuando eso dejó de ser posible,
elegí irme
aunque doliera.
A veces el amor no muere.
Solo cambia de nombre
y se llama recuerdo.
Y desde ahí,
con calma,
ya no duele igual.