Homenaje a Mexico

Poemas del Alma

Dama de las Algas
Dama de las Algas

Bajo el Cielo que Canta

Con la mirada dulce de la Guadalupana
y una música alegre que me nace en el pecho,
siento que soy mexicana
cuando despiertan las fiestas
y el alma se me llena de trompetas y de cielos abiertos.
Escribo así de sus gentes,
con el cariño que añoro
como si hubiera vivido
esas tardes infinitas
paseando entre los parques,
bajo faroles antiguos y risas de colores.
Suenan mariachis en mi alma
aunque esté lejos del sueño,
aunque camine ciudades del mundo
con otros sonidos,
otros olores,
otros cielos distintos.
Y, aun así,
entre calles desconocidas,
sigo escuchando las trompetas
que me arrastran suavemente
hacia un país adorado
que nunca pisaron mis pasos
pero sí mi corazón.
Entonces el arco iris se desborda,
los colores se me juntan sin saber por qué,
como señales secretas del destino
diciéndome bajito:
“es allí…
por donde tu alma pasea.”
Y aunque mi tierra esté desierta,
y Castilla parezca dormida y sin color,
yo la pinto de verdes imposibles,
de azules encendidos,
de luces de feria y luna mexicana,
porque así son mis sueños:
un puente de canciones
entre la llanura y el mariachi,
entre mi nostalgia
y ese México eterno
que vive dentro de mí.
Dama de las Algas
Dama de las Algas

Un día de lluvia en México

también puede ser perfecto

Llueve despacio,
como si el cielo bordara secretos
sobre los tejados.

Desde mi ventana
la ciudad no es gris,
es un lienzo que respira.
Las calles se vuelven espejos
donde los semáforos arden
como pequeños volcanes domésticos.

México,
cuando la lluvia te nombra,
no te apagas:
floreces.

El agua resbala por los muros
pintados de bugambilia y memoria,
y en cada gota cabe un mercado entero,
una risa que no conozco
y sin embargo me pertenece.

Hay un tambor lejano en el trueno,
una trompeta que ensaya
entre los pliegues del aguacero.
No la veo,
pero la siento vibrar en mis costillas
como un corazón prestado.

Cierro los ojos
y el asfalto se transforma en tierra roja,
en maíz que despierta bajo la tormenta.
Algo antiguo me llama por mi nombre
aunque jamás haya tocado su suelo.

Quizá nunca cruce sus fronteras,
quizá mi paso no deje huella
en sus plazas encendidas,
pero la lluvia me tiende un puente
hecho de música y relámpagos.

Y entonces comprendo:
hay países que se habitan
sin necesidad de pisarlos.

Llueve.
Y en la distancia
México respira en mí
como un sueño que no pide permiso,
como una promesa
que siempre regresa con el agua.