
DESAMORÍA
Dama de las Algas
DESAMORÍA, de Dama de las Algas, nace como un espacio dedicado exclusivamente a la poesía del desamor. Una página web creada para quienes necesitan encontrar palabras para aquello que alguna vez sintieron, perdieron o todavía no consiguen olvidar.
En DESAMORÍA vivirán poemas originales de desamor, desde versos breves que pueden expresar un sentimiento en apenas unas líneas, hasta poemas largos capaces de contar una historia completa a través de la poesía. Cada texto estará escrito para transmitir emociones reales: la tristeza de una despedida, la nostalgia de un amor perdido, el dolor de una decepción, la soledad después de una ruptura y también ese difícil proceso de aprender a dejar atrás a alguien.
La esencia de DESAMORÍA será sencilla: poesía y desamor. Sin distracciones y sin contenidos que se alejen de esa identidad. El objetivo es crear una biblioteca poética donde cualquier persona pueda entrar, leer y encontrar un poema que describa exactamente aquello que siente.
Los poemas estarán organizados de manera clara para facilitar la lectura y el descubrimiento de nuevos textos. Habrá poemas cortos para quienes buscan unas pocas palabras capaces de expresar mucho, y poemas largos para quienes desean sumergirse en emociones más profundas y relatos escritos en verso.
Dama de las Algas busca que DESAMORÍA tenga una identidad propia, reconocible y emocional. Una marca construida alrededor de la sensibilidad de la poesía y de una de las experiencias humanas más universales: amar, perder y recordar.
La página también podrá convertirse en un punto de referencia para los amantes de la poesía de desamor, ofreciendo nuevos poemas de forma constante y creando una colección cada vez más amplia.
DESAMORÍA no pretende explicar el desamor. Pretende escribirlo.
Porque algunas heridas no necesitan respuestas, sino palabras.
Y algunas palabras encuentran su lugar cuando se convierten en poesía.
DESAMORÍA: poemas para todo aquello que terminó, pero todavía duele.

Después de ti
Te fuiste sin hacer ruido,
pero dejaste
un silencio enorme
donde antes estabas tú.
Ya no
Ya no te espero,
ya no te busco,
pero hay noches
en que mi corazón
todavía no se ha enterado.
Lo que quedó
No quedó tu abrazo,
ni tu voz,
ni aquella promesa.
Solo quedó
la costumbre
de echarte de menos.
Sin despedida
Nos perdimos
sin decir adiós.
Quizá por eso
todavía siento
que algún día
vas a volver.
Casi
Fuimos casi eternos,
casi felices,
casi todo.
Y qué triste
que un “casi”
pueda doler tanto.
Te solté
Te solté
cuando entendí
que amar tu ausencia
también era
perderme a mí.
Recuerdo
Ya no te quiero como antes,
pero a veces
un recuerdo tuyo
abre una puerta
que creía cerrada.
Final
No me rompiste el corazón.
Solo me enseñaste
que incluso lo que amamos
puede convertirse
en una despedida.
DESAMORÍA: vivirán poemas de desamor, desde versos breves que pueden expresar un sentimiento en apenas unas líneas, hasta poemas largos.
Dama de las Algas
El viento sabe tu nombre
aunque yo ya no lo pronuncie.
Lo lleva entre sus dedos de sal,
lo esconde en las grietas de la tarde
y lo devuelve cuando menos quiero recordarte.
Dicen que el tiempo cura,
pero el tiempo es un mar extraño:
se lleva las huellas de la arena
y, sin embargo, deja intacta
la marca de tus pasos dentro de mí.
Una vez fuimos viento,
sin dirección, sin promesas,
rozándonos apenas
como dos hojas que el otoño
todavía no se atreve a separar.
Ahora tú eres distancia
y yo, esta orilla cansada
que espera una marea
que ya no sabe regresar.
Te busqué en cada ráfaga,
en cada ventana que golpeaba la noche,
en cada reloj detenido
a la hora exacta
en que dejaste de quererme.
Y mientras pasaban los días,
aprendí algo que nadie me dijo:
que hay amores que no mueren;
se vuelven algas,
se enredan lentamente en el alma
y crecen en silencio
hasta que respirar duele.
Por eso, Dama de las Algas,
si algún día el viento te pregunta por mí,
no le digas que te olvidé.
Dile que aprendí a vivir
con tu ausencia entre los dedos,
como quien sostiene agua
sabiendo que nunca podrá retenerla.
Y si el tiempo insiste
en borrar lo que fuimos,
déjalo intentarlo.
Hay recuerdos
que ni el mar consigue hundir.

El regreso comienza en la ausencia
No me marcho.
Solo dejo un punto y aparte
en el lugar donde mis palabras
aprendieron a respirar.
A veces, el silencio también escribe,
y hay caminos que necesitan una pausa
para volver con una mirada nueva,
con la misma verdad
y un corazón aún más lleno.
Si alguna vez mis versos
consiguieron quedarse un instante
en la memoria de alguien,
ese será el regalo más hermoso
que pueda llevarme.
Me gustaría que, cuando mi nombre aparezca
entre los recuerdos dePoemas del Alma,
no despierte una despedida,
sino una sonrisa serena,
de esas que nacen del cariño.
Porque las puertas que se cierran con gratitud
nunca se cierran del todo.
Queda una luz encendida,
una página sin escribir,
y la certeza de que los sentimientos sinceros
siempre saben encontrar el camino de regreso.

Cuando el corazón deja de esperar
Ya no te espero.
No porque haya aprendido a vivir sin ti,
sino porque un día
me cansé de esperar algo
que nunca iba a suceder.
El viento pasa por mi ventana
y no trae tu nombre.
Qué extraño.
Antes cualquier ráfaga
me parecía una señal,
una posibilidad,
un pequeño engaño del destino.
Ahora solo es viento.
Y tú,
solo eres un recuerdo
que empieza a perder el rostro.
No queda amor.
Queda la costumbre de recordarte,
esa tristeza sin lágrimas
que aparece algunas noches
cuando el silencio se hace demasiado grande.
Pero incluso la tristeza se cansa.
El corazón también sabe morir despacio.
Primero dejó de llamarte.
Después dejó de buscarte.
Más tarde dejó de preguntarse
por qué no regresabas.
Y finalmente
dejó de necesitar una respuesta.
Eso fue lo más triste:
no olvidarte de golpe,
sino descubrir que podía olvidarte
sin sentir que estaba perdiendo algo.
Quizá el amor termina así.
Sin música,
despedidas,
una última mirada.
Solo un día despiertas
y comprendes que aquella persona
que alguna vez fue tu mundo
ya no tiene un lugar
donde quedarse.
Entonces el tiempo sigue.
El viento sigue.
La vida sigue.
Y tú te quedas atrás,
convertido en una historia
que ya no duele como antes.
No te deseo que vuelvas.
Tampoco te deseo que me recuerdes.
Hay amores que merecen terminar
sin dejar una puerta abierta.
El mío contigo terminó así:
con un corazón desenamorado,
una habitación llena de silencio
y dos personas
que algún día se quisieron
y que ahora
ya no significan nada
la una para la otra.
Y si alguna vez
el viento vuelve a pronunciar tu nombre,
no voy a escucharlo.
Porque hay recuerdos
que no merecen memoria.
Solo olvido.

Historia
Desamor en el viento
Hay amores que nunca se encuentran,
aunque durante años
aprendan a reconocerse en la distancia.
Cinco años hablando.
Cinco años de palabras,
de días compartidos sin estar juntos,
de conversaciones que llegaron a convertirse
en una costumbre demasiado parecida al amor.
Pero nunca hubo un encuentro.
Nunca una mirada frente a frente,
ni unas manos buscando otras manos.
Solo palabras.
Y quizá por eso
fue tan fácil confundirlas con promesas.
Desde el primer día, sin embargo,
hubo algo que ella no pudo olvidar.
Él la comparó con otras dos mujeres.
Y ella se sintió ofendida.
No por la comparación en sí,
sino por lo que descubrió detrás de ella.
Comprendió que mientras ella
había empezado a mirar aquella historia
con otros ojos,
él todavía podía colocarla
junto a tantas otras.
Desde entonces
algo comenzó a alejarse dentro de ella.
Muy despacio.
Sin ruido.
Sin despedidas.
Una pequeña grieta
que cada conversación hacía un poco más grande.
Ella continuó hablando.
Continuó estando.
Continuó dejando que los días
siguieran construyendo aquella cercanía.
Pero ya no lo miraba igual.
Porque cuando alguien te hace sentir
que eres comparable,
algo dentro de ti comienza a preguntarse
si realmente eres especial para esa persona.
Pasaron los años.
Cinco años de palabras.
Cinco años de historias compartidas,
de silencios,
de momentos que solo ellos entendían.
Hasta que, hace tres meses,
él comenzó una relación con otra mujer.
Y entonces aquello que ella
había estado sintiendo durante tanto tiempo
dejó de ser una sospecha.
Se convirtió en certeza.
Ella lo había colocado
en un lugar diferente.
Él no.
Para ella no era como los demás.
Para él, quizá sí.
Y esa diferencia
fue suficiente para romper
lo poco que todavía quedaba.
Porque ella no quería ser
una conversación entre otras.
No quería ser un juego.
No quería ocupar un rincón de su vida
mientras su corazón pertenecía a otra persona.
Y aun así,
él continuó escribiendo.
Continuó buscando sus palabras,
provocando sonrisas,
jugando con aquella cercanía
como si nada hubiera cambiado.
Como si tener pareja
no cambiara el significado
de seguir buscando a alguien más.
Pero ella ya había comenzado a comprender.
Su corazón era más serio
de lo que él había querido creer.
Por eso se alejó.
No porque hubiera dejado de sentir.
Sino porque comenzó a sentir
que quedarse le hacía daño.
Mientras él escribía,
ella intentaba desprenderse.
Entre tanto él jugaba,
ella aprendía a callar.
Mientras él seguía adelante
con su nueva historia,
ella recogía lentamente
los pedazos de una ilusión
que quizá solo había existido
en un lado de la distancia.
Y ahí nació el desamor.
No cuando apareció otra mujer.
No cuando llegaron los últimos silencios.
Nació mucho antes.
El día en que ella descubrió
silencio algunas pálabras.
El día en que algo dentro de ella
dejó de sentirse único.
Desde entonces,
cada palabra fue perdiendo un poco de luz.
Cada conversación
la alejaba un poco más.
Hasta que comprendió
que cinco años de palabras
no siempre significan cinco años de amor.
A veces significan compañía.
Costumbre.
Juego.
Una amistad demasiado cercana
para llamarla simplemente amistad,
pero demasiado vacía
para llamarla amor.
Ahora deja que el viento pase.
Que se lleve las palabras,
los mensajes,
las comparaciones,
los cinco años
y todo aquello que alguna vez
pareció tener otro significado.
No quiere ser una posibilidad.
No quiere compartir un lugar
que nunca fue suyo.
Porque hay corazones
que pueden soportar la distancia,
pero no soportan descubrir
que aquello que ellos sentían como único
para el otro nunca dejó de ser una opción más.
Y quizá esa sea la verdadera tristeza:
no perder un amor,
sino descubrir que nunca fue amor
para los dos.
Por eso ella se marcha lentamente.
Sin odio, reproches.
Sin esperar que él comprenda.
Deja que el viento se lleve
lo que todavía queda.
Porque algunas historias
no terminan cuando dejamos de hablar.
Terminan mucho antes,
cuando el corazón comprende
que ya no quiere seguir siendo
una más entre las demás.

Desamor en el viento
No vi los fuegos artificiales.
No fui a ninguna fiesta.
Mientras otros celebraban
yo estaba aquí,
escribiendo palabras de desamor
que no encuentro en ningún diccionario.
Porque lo que siento
se sale de toda regla.
No tiene nombre,
ni medida,
ni una explicación que pueda entenderse
sin haberlo vivido.
Soñé con un sofá de madera,
solitario en la playa.
Yo allí,
sin saber de nadie,
sin mirar a nadie,
durante dos días enteros.
Solo el mar, el viento.
Solo mi mente vagando por el universo
mientras las olas pasaban cerca
sin cubrirme en absoluto.
Y ahora despierto cansada.
Sin fuerza.
Con este desamor
llamando a mi puerta
una y otra vez,
incesante,
cabezón,
obstinado,
como si hubiera decidido
que no piensa alejarse de mí.
Ni siquiera ahora.
Ni siquiera después de haber vivido
mis mejores días de juventud
sin saber que algún día
tendría que aprender
a sobrevivir a un sentimiento
que no cabe en ninguna palabra.
Ya no dispongo de palabras
para arrancar aquel sofá de la arena.
Parece pegado a ella.
Como algunas historias
que se quedan dentro de nosotros
aunque sepamos que debemos marcharnos.
Entonces recurro a hombres
que nada tienen que ver
con recoger una preciosidad
que permanece al borde del mar.
Hombres que llegan,
miran,
pasan de largo.
Y yo sigo allí.
Sentada en aquel sofá imaginario,
esperando que alguien comprenda
que no estoy esperando a cualquiera.
Estoy esperando que el desamor
deje de ser desamor.
Sueño con despertarlo.
Espabilarlo.
Hacer que se vuelva contra sí mismo
y encontrar la manera
de convertirlo en amor cautivo.
Un amor que, por una vez,
quiera quedarse.
Que no tenga miedo,
no me compare.
Que no me coloque
junto a tantas otras.
Quiero arrancar este corazón
del borde de la playa
y devolverle algo de vida.
Porque estoy cansada
de ser la que comprende,
la que espera,
la que siente demasiado,
la que llega siempre tarde
a la historia que quería vivir.
Y quizá por eso escribo.
Porque hay palabras
que no existen en el diccionario
y, sin embargo,
nos pesan dentro del pecho.
Esta es una de ellas:
desamor.
El mío no llega con tormentas.
Llega con el viento.
Se sienta a mi lado
en aquel sofá de madera
y contempla conmigo el mar.
No dice nada.
No hace falta.
Los dos sabemos
que todavía no se quiere marchar.
Y yo, por una vez,
quisiera ser capaz
de levantarme de esa arena,
de dejar el sofá vacío,
de mirar hacia el horizonte
y descubrir que el amor
no siempre tiene que doler.
Pero hoy no.
Hoy sigo aquí.
Con el viento en la cara,
el corazón cansado
y este extraño desamor
que no encuentro en ningún diccionario.