Llueve despacio, como si el cielo bordara secretos sobre los tejados.
Desde mi ventana la ciudad no es gris, es un lienzo que respira. Las calles se vuelven espejos donde los semáforos arden como pequeños volcanes domésticos.
México, cuando la lluvia te nombra, no te apagas: floreces.
El agua resbala por los muros pintados de bugambilia y memoria, y en cada gota cabe un mercado entero, una risa que no conozco y sin embargo me pertenece.
Hay un tambor lejano en el trueno, una trompeta que ensaya entre los pliegues del aguacero. No la veo, pero la siento vibrar en mis costillas como un corazón prestado.
Cierro los ojos y el asfalto se transforma en tierra roja, en maíz que despierta bajo la tormenta. Algo antiguo me llama por mi nombre aunque jamás haya tocado su suelo.
Quizá nunca cruce sus fronteras, quizá mi paso no deje huella en sus plazas encendidas, pero la lluvia me tiende un puente hecho de música y relámpagos.
Y entonces comprendo: hay países que se habitan sin necesidad de pisarlos.
Llueve. Y en la distancia México respira en mí como un sueño que no pide permiso, como una promesa que siempre regresa con el agua.