Con la mirada dulce de la Guadalupana y una música alegre que me nace en el pecho, siento que soy mexicana cuando despiertan las fiestas y el alma se me llena de trompetas y de cielos abiertos. Escribo así de sus gentes, con el cariño que añoro como si hubiera vivido esas tardes infinitas paseando entre los parques, bajo faroles antiguos y risas de colores. Suenan mariachis en mi alma aunque esté lejos del sueño, aunque camine ciudades del mundo con otros sonidos, otros olores, otros cielos distintos. Y, aun así, entre calles desconocidas, sigo escuchando las trompetas que me arrastran suavemente hacia un país adorado que nunca pisaron mis pasos pero sí mi corazón. Entonces el arco iris se desborda, los colores se me juntan sin saber por qué, como señales secretas del destino diciéndome bajito: “es allí… por donde tu alma pasea.” Y aunque mi tierra esté desierta, y Castilla parezca dormida y sin color, yo la pinto de verdes imposibles, de azules encendidos, de luces de feria y luna mexicana, porque así son mis sueños: un puente de canciones entre la llanura y el mariachi, entre mi nostalgia y ese México eterno que vive dentro de mí.
Dama de las Algas
Un día de lluvia en México
también puede ser perfecto
Llueve despacio, como si el cielo bordara secretos sobre los tejados.
Desde mi ventana la ciudad no es gris, es un lienzo que respira. Las calles se vuelven espejos donde los semáforos arden como pequeños volcanes domésticos.
México, cuando la lluvia te nombra, no te apagas: floreces.
El agua resbala por los muros pintados de bugambilia y memoria, y en cada gota cabe un mercado entero, una risa que no conozco y sin embargo me pertenece.
Hay un tambor lejano en el trueno, una trompeta que ensaya entre los pliegues del aguacero. No la veo, pero la siento vibrar en mis costillas como un corazón prestado.
Cierro los ojos y el asfalto se transforma en tierra roja, en maíz que despierta bajo la tormenta. Algo antiguo me llama por mi nombre aunque jamás haya tocado su suelo.
Quizá nunca cruce sus fronteras, quizá mi paso no deje huella en sus plazas encendidas, pero la lluvia me tiende un puente hecho de música y relámpagos.
Y entonces comprendo: hay países que se habitan sin necesidad de pisarlos.
Llueve. Y en la distancia México respira en mí como un sueño que no pide permiso, como una promesa que siempre regresa con el agua.