Secretos en susurros, para no olvidar que son secretos, y que nadie encuentre las pistas que descubren un amor perfecto. Solo sale la luna cuando ando perdida por el mundo y me ilumina el corazón de cariño encendido. El viento del norte se llevó las hojas ya muertas, dejando un rastro para mi desconocido, sembrado de árboles cortados al borde del camino. Podría contarle muchas cosas, versos parecidos, de amores encontrados que se quedaron conmigo. Secreto de un amor, secreto de un olvido, que se aleja en el firmamento después de dejar dolor y castigo. Momentos que ya no vuelven, instantes poco aprovechados, porque ya no es tiempo de andar de mendigo despechado. Romances decrépitos; juega con nosotros el destino, llevándonos a un puerto que no desemboca en el paraíso. Todos queremos gritar amor eterno y que no nos falte cariño. Hoy grito mi secreto en la soledad que vivo, y perdono al sol que calienta mis oídos con palabras dulces que se filtran, encontrando un mundo perdido. Ese que está en mis sueños de cuando era pequeña, y que con el paso del tiempo se volvió secreto de una muñeca.
Dama de las Algas
Mi compañía
Hoy llegó otro barco al puerto; solo la compañía del movimiento me despierta del letargo de la semana. Pronto empiezan los problemas a aflorar y la cabeza a pensar cosas terribles. Ya no hay vuelta atrás. El amor no llega: se duerme y se balancea al ritmo de olas tranquilas que no veo desde mi ventana. Mi vida va erosionando lentamente, sin futuro donde amarre mi barca en las finas arenas del tiempo. Ya no hay imágenes que recuerden la alegría de la vida. Solo letras de luto y rimas extrañas acompañan esta pobre página, sin adornos y sin felicidad. Escribo lo que sueño, lo que imagino que veo, lo que podría mirar desde mi ventana, si la tuviera. Me queda el vacío de una casa en las entrañas, donde no entra la vida ni la muerte; solo paredes blancas que adorno con mis poemas y un fondo de playa que nunca veré. Nadie me visita, ni las sombras aparecen en esta tierra de piedra fría que la sangre me hiela. Pero huele a sal y a manos de pescadores, a piedras negras que traen rumores antiguos. Cierro los ojos y a veces hablo con ellos; cuando camino, acaricio el infierno que sufrieron esos hombres de donde no regresaron. Y en ese silencio profundo descubro mi única compañía: el eco del mar en mi pecho, la palabra que resiste, la memoria que no se hunde. Porque aunque el puerto esté vacío y la barca no tenga destino, aún queda la marea empujando despacio mi nombre hacia la orilla.